
Tanta espera, expectativa, todos esperan algo... atentos, pendientes a la más mínima ruptura, al más ínfimo cambio que altere el curso de la normalidad establecida.
Por que tiene que seguir la misma línea, por que es segura y es así, esta es la mejor manera y no hay otra solución más que la realidad impuesta.
Por eso pido que se haga un silencio, uno solo. Que se callen las voces quejantes, grillos del sueño, que se ahoguen en un suspiro de vergüenza y dejen lugar a los cantos jóvenes. A todo lo que pasó de largo.
Estamos en un momento crítico, estamos entre el cielo y el mar, entre todos y uno mismo. Es una lucha constante, es la baba de la bestia adormecida, suave y espumosa gloria de la ira eterna.
Estamos a punto de descubrir al asesino, al que aniquilo los detalles y la valentía de escuchar con oídos propios y mente de libro abierto.
Quiero que los pensantes descansen, que los ríos se duerman, que no quede nada más, sólo la verdad.
Que desaparezcan todas las nubes a las que con tanto empeño deseamos tocar, a las que le dedicamos una vida entera, por las cuales postergamos la felicidad autentica por el simple desamparo de esperar, esperar en la parada de un tren que pasa una y otra vez, pasa cada instante.
Que se extingan los destinos, que el mañana se pudra de maduro y ruede por el piso humillante. Pero que resista la verdad.
Que el ego se aburra de esperar la aprobación de otros egos.
Que todos nos miremos a los ojos con pupilas de espejo.
Que aflore la verdad, que salga de la carne y de los huesos.
Que baile desnuda a riéndose de todos nosotros que vivimos jugando a las escondidas matutinas creyendo llevarla como vestido. Ella ha ganado todos los juegos, es la que mejor se sabe esconder, se esconde tan fácilmente que ni siquiera cuando esta frente nuestro en el día a día la podemos sentir.
Que la hipocrecia grite victoria arrodillada a los pies de nuestra propia tumba y que al despertar de la muerte los sentidos se vuelquen en la esencia mísma de la verdad.
Esa verdad que libera el alma, que encontramos en el costado de lo cotidiano, que respira en nuestras nucas cada vez que nos armamos de nombres y calificaciones y todas esas cosas que nos separan con diferencias del resto de las personas.
Que surga por si sola, espuma de mar en luna llena, que avanze lenta y segura cual canción de cuna, que nos deje dormir en su regazo.
Dejemos de ver, de oler, de escuchar, es todo mentira, nada de eso existe.
Dejemos de hablar, las palabras son armas de doble filo que sólo confunden el verdadero canto, lo llenan de condiciones, de reglas, de verbos y edades.
Que las personas dejen de etiquetarse, dejen de resaltar, dejen de ser algo más o algo menos, que se desnuden la piel y que el rojo de la sangre fluya por los mísmos brazos, la mísma muerte, el mísmo atardecer, los mísmos colores y la mísma vida.
Es tan simple como eso, la verdad única, la que nos dice quienes somos verdaderamente, la que no diferencia nombres, colores de piel, hogares, familias, amores, situaciones sociales, títulos agregados, es todo un popurri de disfraces que utilizamos para ocultar la verdad, nunca podremos conocernos realmente si no vemos más allá de todo esto.
Quien verdaderamente somos, desnudos, frente a un espejo, sin más ni menos que con lo que vinimos a este mundo, y ni más ni menos que con lo que nos iremos.

Muuuuy bueno mona loca.
ResponderEliminarMe gustó mucho, lo que entendí me gustó mucho jeje.
Espero que sigas igual de bien e igual de loca.
Besote.