
Sin notarlo siquiera, han pasado demasiadas lluvias, truenos y palabras.
Han emergido del sótano oscuras arañas con aires de palomas claras; con acentos de buenos pueblos y veneno entre los dientes.
Me han llegado mensajes de consejos envueltos en crucigramas y palabras de aleinto escondidas en sermones.
Todo lo recibo, todo se suemrge en mi piel de esponja.
Pero creo que cuando uno comienza a abrazarse al hueco hundido de las desgracias, la soga repleta de luz nos encandila y es más cómodo mantener los parpados apretados.
Es ahí, bien abajo, ahí, donde todo se torna en cámara lenta. Y el tiempo va o muy despacio o muy rápido.
Los golpes no cambian de color y consumen el cuerpo entero como si fuese ceniza.
Son tantas las ganas de sentir la libertad que los dedos y las lenguas sólo sirven para auto destruirnos y enterrarse en la piel para ver si de esa forma podemos matar algo de lo que nos mata.
Aunque la mayor parte del tiempo los espejos dan cuerda al reloj y de repente la realidad nos apuñala por la espalda.
Sólo queda apretar fuerte los parpados, y soñar con que algún día no nos lastime la oscuridad de la verdad en las pupilas.

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